Día Mundial Contra el Cáncer

04.02.2022

#DiaMundialContraElCancer

DIETA - INFLAMACIÓN - CÁNCER

La inflamación es un mecanismo de defensa crucial que tiene el organismo para protegerse frente a los agentes extraños o reparar tejidos dañados. Sin embargo, en algunas patologías, se descontrola y se vuelve crónica. Es entonces cuando es motivo de preocupación, entre otras cosas por su estrecha relación con el cáncer. Existen varios desencadenantes de ese estado de inflamación crónica, siendo uno de ellos el estilo de vida y en concreto la dieta. ¿Cómo puede influir la dieta en la inflamación crónica y, por tanto, en el riesgo de cáncer?

No toda inflamación es mala. La inflamación es la respuesta que tiene nuestro sistema inmunitario frente a estímulos nocivos como los patógenos (virus, bacterias u hongos, entre otros), las células dañadas, los compuestos tóxicos o la irradiación. Por lo tanto, aunque no lo parezca, la inflamación es un mecanismo de defensa crucial que tiene el cuerpo para protegerse frente a los agentes extraños o reparar tejidos dañados. Durante una respuesta inflamatoria aguda como la que se desencadena cuando nos hacemos una herida, el cuerpo pone en marcha una serie de mecanismos celulares y moleculares que tratarán de minimizar la lesión o infección, contribuyendo a la restauración de la homeostasis tisular y a la resolución de la inflamación aguda.

Sin embargo, cuando la inflamación persiste sin resolverse, se vuelve crónica y es entonces cuando es motivo de preocupación. El continuo reclutamiento de células inflamatorias a la zona lesionada y la consiguiente producción de mediadores inflamatorios acaban por destruir la homeostasis tisular local. Este proceso contribuye a una variedad de enfermedades inflamatorias crónicas, entre las que se encuentran las principales causas de discapacidad y mortalidad en todo el mundo como son las enfermedades cardiovasculares, la diabetes mellitus, la enfermedad renal crónica, la enfermedad del hígado graso no alcohólico, los trastornos autoinmunes y neurodegenerativos, o el cáncer.

Existen varios desencadenantes de la inflamación crónica que aumentan el riesgo de desarrollar cáncer. Entre estos, podemos encontrar las infecciones bacterianas (p. ej., la infección por Helicobacter pylori está estrechamente relacionada con el cáncer de estómago), las enfermedades autoinmunes (p. ej., la enfermedad inflamatoria intestinal se asocia al cáncer de colon) y las afecciones inflamatorias de origen desconocido (p. ej., la prostatitis - o inflamación de la próstata - se asocia al cáncer de próstata). Y como no, el estilo de vida. La exposición al humo del tabaco, la dieta, la obesidad, la radiación y la contaminación medioambiental o el sedentarismo son factores de riesgo con un papel cada vez más determinante en el desarrollo del cáncer. Y un nexo que parece ser común a todos ellos es la inflamación.

La obesidad (en especial cuando se refiere a un exceso de tejido adiposo visceral) puede llevar a un estado de inflamación crónica de bajo grado a través de diversos mecanismos. En un estudio publicado en la prestigiosa New England Journal of Medicine, la obesidad es la causa principal de algunos de los cánceres más relevantes. Hay que destacar que las citocinas juegan un papel clave no solo en el inicio y progresión del tumor, sino también en el pronóstico de la enfermedad. Además, el tejido adiposo visceral es considerado un marcador de mal pronóstico en pacientes con cáncer colorrectal en tratamiento con quimioterapia lo que sugiere que los tratamientos sistémicos contra el cáncer podrían perder parte de su eficacia en personas con obesidad.

Inflamación y dieta

Los cambios en los patrones de alimentación que ha supuesto el modelo de vida occidental se caracterizan por un elevado consumo de alimentos ultraprocesados que han contribuido a que se hayan triplicado las cifras de sobrepeso y obesidad en los últimos 40 años, con las graves consecuencias ya comentadas. Además, la dieta occidental (con claro predominio de alimentos con un alto contenido en grasas, azúcares, sal y aditivos que provocan un excesivo consumo calórico) representa una fuente importante de productos finales de glicación avanzada (o AGEs por sus siglas en inglés). Los AGEs son un grupo de compuestos que se generan a partir de la interacción entre los azúcares y las proteínas, los ácidos nucleicos y los lípidos, y sobre los que hay cada vez mayor evidencia de que se relacionan estrechamente con las enfermedades crónicas.

Por el contrario, la dieta mediterránea se considera actualmente una de las dietas más saludables del mundo, caracterizándose por un alto consumo de cereales integrales, legumbres, frutas y verduras, frutos secos, pescado y aceite de oliva, un consumo moderado de productos lácteos y vino tinto, y una baja ingesta de carnes rojas. No es casualidad que basar la alimentación en la dieta mediterránea se haya asociado a una reducción de la mortalidad, así como de la incidencia de cáncer, enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas. Estos beneficios de la dieta mediterránea en parte son atribuidos a su papel antiinflamatorio.

Dieta y cáncer

Ya en 1981, Doll y Peto estimaron que el 35% de las muertes por cáncer podrían evitarse a través de cambios en la alimentación y el control de la obesidad. Sin embargo, la relación entre la dieta y el cáncer no es tan lineal como la que puede existir entre las radiaciones ultravioletas y el melanoma, o entre el consumo de tabaco y el cáncer de pulmón. De hecho, más bien podríamos decir que la nutrición afectaría al desarrollo del cáncer de forma indirecta, por ejemplo, alterando el microbioma intestinal o favoreciendo el aumento de peso y, con ello, los niveles de obesidad y la consiguiente producción de citocinas.

Profundizando en aquellos alimentos o patrones de alimentación susceptibles de ayudar al desarrollo de un tumor maligno, la relación entre el consumo de carne roja y el cáncer, en concreto, el colorrectal, probablemente ha sido la que más atención haya atraído. Así, la amplia evidencia procedente de estudios epidemiológicos hizo que, en 2015, la Organización Mundial de la Salud decretara como cancerígenas a las carnes rojas y a las procesadas. Un estudio, el cual incluyó 45 meta-análisis, ha demostrado que, efectivamente, hay evidencia que apoya de forma consistente una asociación entre la ingesta de carne roja - y también de alcohol - y un mayor riesgo de cáncer colorrectal. Por el contrario, los resultados indicaron que el consumo de fibra, calcio y yogur parece proteger frente al cáncer colorrectal. Además, el consumo de alimentos con azúcares añadidos y bebidas azucaradas también tiene un importante papel en la incidencia y pronóstico del cáncer colorrectal.

La influencia de la dieta mediterránea sobre el cáncer ha acumulado gran cantidad de literatura científica a su alrededor. En este caso, diferentes meta-análisis publicados en los últimos años han concluido que la adherencia a la dieta mediterránea se asocia con una menor incidencia y mortalidad de cáncer. En concreto, las personas que basan su alimentación en este tipo de dieta tienen un 10% menor riesgo de mortalidad por cáncer, y un 14 y un 4%, respectivamente, menor riesgo de cáncer colorrectal y de próstata. Además, las propiedades antioxidantes y antiinflamatorias de ciertos componentes de la dieta mediterránea le confieren beneficios contra el cáncer. Los polifenoles del aceite de oliva, el resveratrol del vino tinto o el licopeno de los tomates, las nueces, probablemente debido a su alto contenido en ácidos grasos omega 3, quienes han mostrado beneficios sobre el riesgo de cáncer colorrectal y como coadyuvante al tratamiento, las antocianinas - presentes principalmente en frutas y verduras de color rojo, azul o morado como las bayas, las cerezas, los arándanos, la col lombarda o la berenjena entre otras - o las vitaminas y carotenoides de las frutas y vegetales podrían ejercer un importante rol anti-cancerígeno.

En cuanto al efecto de las dietas vegetarianas o veganas sobre la promoción del cáncer, aunque hay estudios epidemiológicos que hablan de una reducción del riesgo de cáncer de entre el 10-12% con estas dietas, la evidencia es demasiado limitada para permitir extraer conclusiones que apoyen su papel como una opción específica frente al riesgo de cáncer. Además, un reciente meta-análisis publicado por investigadoras de la Universidad de Granada no encontró diferencias entre las dietas vegetarianas y las no vegetarianas sobre el riesgo de mortalidad por cáncer. Sin embargo, de forma indirecta, la adherencia a dietas vegetarianas o veganas también puede proporcionar beneficios sobre el riesgo de cáncer. Así, al prescindir del consumo de carne roja se eliminarían sus efectos cancerígenos, además de que las personas que consumen este tipo de dietas tienden a tomar poco o nada de alcohol, a evitar el tabaco, a realizar actividad física regular y a mantener un peso saludable. En definitiva, suelen tener unos hábitos de vida más saludables, que en conjunto les harán ser menos propensos a desarrollar enfermedades como el cáncer.

Conclusiones

En un tiempo en el que el COVID-19 se ha apropiado de nuestras vidas, volvemos a observar cómo los factores ambientales y el estilo de vida pueden llevar a un estado de inflamación crónica de bajo grado de características fisiopatológicas similares al que subyace en los casos severos de COVID-19.

Por último, y aunque el sufrir cáncer en ocasiones se achaca a la 'mala suerte', la dieta juega un papel fundamental al modular la respuesta inflamatoria del cuerpo y, por lo tanto, influyendo ya sea per se o indirectamente en la posibilidad de tener cáncer.

ESCRITO POR JAVIER S MORALES ROJAS para FISSAC+